domingo, 4 de julio de 2010

El silencio es no explotar en tus manos.


Se apoyó contra él, dejándose llevar por sus movimientos lentos. La besa, tranquilo pero fogoso. Sabe que esa noche será suya, lo nota. Ella lo sabe, lo consiente.
Y poco a poco va cobrando vida. Sus manos. Su boca. La acaricia lenta y levemente. Ella, ruborizada, se deja hacer. Recorre su cuello con la lengua, bajando lentamente por su pecho desnudo, clavando los dedos en sus finas caderas. Excitados. Acaricia su vientre con efusividad, escondiendo su mirada tras unos párpados relajados mientras besa sus labios, saboreándola. Susurra palabras bonitas. Intenta demostrar un amor intenso, penetrante.  Se siente grandiosa por estar a su lado. Como si solo existiera en el mundo por él. Tal como eran, se amaron aquella noche, con todo el ímpetu que albergaba en sus organismos.
Y a la luz de la lamparita de noche y del primer amanecer, se derrumbó agotado sobre ella, pegados por mil moléculas de sudor. Mezclando sus esencias e intentando recuperar el aliento. Acariciaba su pelo mientras, con las manos hacían figuras sobre sus muslos, haciéndole sonreír.
Agotados. Al cabo de un rato, dormidos. Así, abrazados, desprovistos de ropa, mientras un pequeño hilo de color carmín manchaba ligeramente las sábanas. Dando lugar a Deva, la de Nok, Haciéndoles parte al uno del otro. A Nok, el de Deva.

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