Querría poder decir que no fue por nada en especial, que simplemente el amor se fue y que lo que quedó detrás de nosotros no fue un halo de mentiras que no aguantaba ni su propio peso.
Eliza.
Eliza se revolcó entre las sábanas buscando un poquito del calor de Mast, pero desde que habían roto, ni eso le aportaba.
Capullo, pensó.
Desnuda y con el frío en los huesos, arrastró los pies hasta la cocina y cogió una cerveza a medio terminar de encima de la mesa. Se sentó en la encimera rebuscando en el bolso algo que calentara un día tan ebrio.
Desvelarse no era buena idea cuando tenía a Mast en la cabeza.
Encendió un cigarrillo, cerrando los ojos, fuerte, dejando que la nicotina la envolviera.
Mast siempre había sido un chico duro, con su cresta, sus chupas y su coche granate. Se le veía venir, ella misma le vio venir, pero, ¿por qué no intentarlo? Se dijo.
Porque te vas a enamorar, Eliza.
Quien le iba a decir que iba a estar un miércoles cualquiera a las cinco de la tarde con resaca e incluso ciega de la fiesta del día anterior, escuchando música electrónica y buscando papelinas en su bolso, para ver si ese moreno de ojos negros se arrastraba fuera de su mente.
La primera vez que le vio iba como un auténtico punkarra. De estos que ves por la calle y dices, ‘dios mío, que pinta’, pero a ella le encantó, no había más que verle la cara de gata cachonda. Llevaba el pelo revuelto, la nariz roja del frío y la boca entreabierta. Una camiseta de sisa se veía debajo de una chupa negra básica y unos vaqueros caídos que le hacían un culo de infarto. Se cruzamos casi rozándose, aún cuando la acera estaba vacía a esas horas de la madrugada. Sonrió de lado pasando de sus ojos a su escote en medio segundo y enseguida la agarró del brazo para girarla. Eliza ladeó la cabeza mirándole y alzó una ceja esperando una reacción.
-¿Nos conocemos?
-No lo creo-Contestó en seguida.
-Tus tetas me suenan.-Dijo, resurgiendo en sus mejillas esa ingeniosa sonrisa de pícaro pervertido.- Sí, tú eres la chica que siempre anda pisándole los talones a Igor.-Concluyó, frunciendo levemente el ceño en una mueca.
Extrañada, se dio la vuelta para seguir su camino, pero su voz hizo que mirara por encima de su hombro.
-Deberíamos quedar algún día.
-Claro, por qué no.
Ese, aún sin saberlo, fue el primer error que cometió.
Saltó de la encimera poniéndose un tripi en la punta de lengua y se metió en la bañera, que por alguna extraña razón que prefirió ni pensar, estaba llena de agua. Todavía tardaría tiempo en empezar el viaje, así que, por qué no terminar con todo eso de Mast antes de entonces.
La segunda vez que se encontraron ella juraría estar segura de que la iba buscando. Era de esos tipos que se sentían atraídos por todo lo que no podían tocar, y el hecho de que Igor y ella pasaran tanto tiempo juntos, le ponía de los nervios. No había más que ver la rapidez con la que se bebía las cervezas en el Narko con la mirada en las piernas de la chica.
Sería un día digno de recordar, en el que las drogas y el alcohol son el primer y segundo protagonista y en el que no merece la pena hacer otra cosa que no sea bailar y tener sexo.
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